Quince minutos -Capitulo II- La vida desde la soledad del tercer turno
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Madrid, 2023. Confusión 001 |
El hospital está bastante lejos de todas partes, me da pereza venir y
más para ver como el Doctor Tiraboschi contempla por, lo que me parece,
enésima vez las radiografías, las ecografías, y todas las demás fías que
forman mi expediente; un expediente ni muy grueso ni muy delgado
comparado con los otros tres o cuatro que esperan turno sobre la mesa
auxiliar.
El Doctor Tiraboschi tiene el tic de morderse el labio inferior mientras
observa gráficos. Eso le da aspecto de profunda concentración. Por los
comentarios que he oído sobre él en la sala de espera los pacientes le
adoran; aunque parece que nunca consigue curar a nadie, porque todos
dicen que vienen desde hace mucho, mucho tiempo.
El galeno parece volver al fin desde algún lugar muy lejano, hace un
chasquido con los labios –otro tic del que no sé si es consciente– y me
mira con una expresión en la que leo casi sorpresa de que yo esté aquí.
Tengo la sensación de que se siente más cómodo con mi representación
gráfica que con mi persona física. Como no tiene más remedio acepta mi
presencia y me habla.
–La inflamación no remite, quizá debamos inmovilizar el brazo durante un tiempo. ¿Eso le permitiría trabajar?
Nos observamos en silencio. ¿Trabajar? En realidad, el trabajo que tengo
–como casi todos los que he tenido y espero tendré– creo que podría
hacerlo solo con un brazo, con un brazo y sin cerebro. Igual su pregunta
tiene otro fin, igual piensa que soy uno de esos tipos que van
intentando enganchar una baja con otra, apostando por encontrar en algún
momento un tribunal médico que lo jubile prematuramente. Es una idea
que se me ha pasado por la cabeza de cuando en cuando. Como a todo
quisqui alguna vez cuando se entera que al cajero de su banco lo jubilan
a los... dejémoslo, no nos pongamos sociales, contestemos al buen
doctor.
--El trabajo no es problema, puedo apañarme, el problema es la guitarra. ¿Cuánto tiempo tendría que tener el brazo inmovilizado?
–A veces se consiguen resultados en un solo mes, a veces son necesarios dos o más.
–¿Y si no... se consiguen resultados?
El Doctor aprieta los labios por un segundo. Allá vamos, pone cara de
voy a darte malas noticias, no muy malas, pero vas a tener que vivir con
ellas. De la nada brota en mi cabeza algo que no es una melodía, pero
casi. Son malas noticias, nena, pero tendrás que vivir con ellas, Cuando
yo ya no esté. Aquí hay algo. No hace falta que me muerdan el culo unos
versos para darme cuenta de que tienen... ¿potencial?, ¿chispa? Debería
apuntarlos, pero como me da vergüenza interrumpir el soliloquio del
doctor no saco mi libreta del bolsillo y me los repito en silencio
intentando memorizarlos hasta que recuerdo que Tiraboschi estaba
diciéndome algo importante y el que se ha ido –mentalmente– ahora he
sido yo.
–Perdone, me lo puede repetir –pido humildemente.
–Sí, claro. A veces no se consiguen resultados, el cuerpo humano
envejece, hay paliativos, analgésicos, pero con el tiempo todos tenemos
que renunciar a algo. Tiene que plantearse que a lo mejor tiene que
buscarse un nuevo pasatiempo.
¿Pasatiempo? Tiraboschi continua un rato más hablando de medicaciones y
movimientos mientras me palpa en antebrazo –el izquierdo, del que cuelga
la mano que digita– y presiona con delicadeza los puntos donde en los
días buenos fluye un dolor difuso y persistente que llega hasta la yema
de los dedos. Yo solo le hago un caso relativo. ¿Pasatiempo? ¿Esto es
todo lo que la guitarra ha sido para mí? ¿Pasatiempo? Me repito mientras
salgo de la consulta y hago la inevitable cola para conseguir una fecha
para mi próxima visita ¿Pasatiempo? Me repito entre dientes a la vez
que intento arrancar la moto a golpe de palanca.
La maldita batería está muerta, tendría que cambiarla, pero como al
final siempre acaba arrancando –muy al final–, es un gasto que siempre
voy retrasando. La batería creo que también hace de filtro de corriente,
si me cuelgo demasiado igual acabo cargándome algo caro de verdad, el
rectificador, el alternador; no sé, algo. En el momento en que arranca
la motocicleta me olvido del dilema, porque tiro del embrague para poner
primera y el antebrazo me vuelve a doler.
No, no me vuelve, lo que hace es dolerme un poco más y recordarme que
hay algo ahí que no va bien. Esto me cuesta un poco más olvidarlo, me
enfurruño y se me van las ganas de todo. Quizá también porque anochece y
es un momento en que me siento solo. Los horarios nocturnos destrozan
tu vida social, eso en el caso de que la tengas. La mía ha ido dando
bandazos, hasta casi extinguirse por falta de cuidados. Los pocos amigos
que conservo son más bien conocidos y creo que me consideran una
reliquia, un inadaptado, un niño grande. Soy el más puro ejemplo de lo
que no se debe hacer, lo leo en sus miradas cautelosas cuando me ven
aparecer. Soy el tipo que estuvo a punto y se quedó en nada. Peor: Soy
el tipo que se cree que estuvo a punto. Puede ser cierto la realidad no
es una, depende del punto de vista. Nada es verdad ni mentira, todo
depende... del color del cristal con que se mira; ahora no recuerdo si
esto último es un refrán o parte de una letra de canción. Hay refranes
para todo, son útiles como coartadas, siempre encuentras uno para
defender o negar cualquier propuesta.
Como no hay más remedio y tengo la moto en marcha resigo el perfil de la
ciudad hasta llegar a la fábrica justo a tiempo para entrar a trabajar.
Este trabajo es una mierda y aun así es lo mejor que nunca conseguiré,
quiero gritarle a la gran nave desierta. No lo hago porque es una frase
muy larga y debo cuidar lo que me queda de cuerdas vocales, nunca han
sido gran cosa, pero les tengo cariño. En la mínima iluminación del
tercer turno los cientos de lucecitas de standby de las máquinas parecen
componer una galaxia propia. Es bastante común que el centro de una
galaxia esté ocupado por un agujero negro gigante que paciente espera
tragárselo todo. No sé a qué viene esto, solo es que estoy de mal humor.
Nunca he conocido el tercer turno en marcha, La fábrica según se
modernizaba fue aumentando la producción hasta que fue innecesario
mantenerlo en funcionamiento. Ya por la noche no se fabrica nada, todo
está en espera hasta el día siguiente y la única pieza humana que
todavía corretea por los pasillos soy yo: el vigilante. Lo que vigilo se
me escapa, la nave está muy en el interior de este polígono gigante,
puede que haya un kilómetro desde aquí hasta la valla y lo que
fabricamos no tiene ningún interés, a no ser que tengas las piezas
restantes y te quieras montar tu propio coche. Fuera de cada x horas
desplazarme hasta los puntos y, en los que registro electrónicamente la
confirmación de que realmente estoy aquí, no tengo nada que hacer, más
que dormitar en la camilla del botiquín y tocármela.
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Madrid 2023-002 |
Es una suerte que no tenga nada que hacer porque no sé hacer nada, nada
útil digo, nada por lo que la gente, el mercado como le dicen, esté
dispuesto a pagar. Lo único que me permito creer a mí mismo que sé hacer
es escribir canciones y eso, como todas las ocupaciones vocacionales,
no está muy bien retribuido. Son malas noticias, nena; tendrás que vivir
con ellas, cuando yo no esté. ¡Dua! ¡Duá! Me he quedado clavado aquí.
Solo sé escribir canciones y ni siquiera sé si considerarlas buenas o
malas. ¿Qué criterios siguen los críticos para decidirlo? Al fin y al
cabo, el pop, el rock, son construcciones musicales muy sencillas,
puedes reducirlas a dos o tres acordes y un ritmo vacilón, también
puedes complicarlas claro, pero lo mejor es que no se note, ¿me explico?
Púas siempre decía, puede que todavía lo diga, que una canción es buena
cuando le gusta al público. Javier no decía nada, solo se dejaba caer
más el flequillo sobre los ojos entornados, componiendo esa cara de
ligero sufrimiento por causas indescifrables que tanto gustaba a las
chicas y a los fotógrafos. Yo entonces, como ahora, tampoco decía nada.
Ahora porque la explicación que tengo no convence a nadie, antes porque
además de no tenerla pensaba que si mantenía la boca cerrada y los oídos
abiertos podría aprender algo; me equivocaba. Algún tiempo después
llegue a la conclusión de que en general todos los músicos son
gilipollas –especialmente ellos dos–, pero para entonces ya era
demasiado tarde.
Las canciones no son buenas ni son malas, son importantes o no lo son.
Son importantes cuando forman parte de la banda sonora de tu vida y no
lo son cuando no. Y la banda sonora de la vida no la escoges, más bien
te la encuentras. Te la ponen en bandeja, te la llevan cucharada a
cucharada a la boca y hacen que te la tragues. Púas tiene razón y
también se equivoca: lo que le gusta al público es lo que escucha, lo
que le hacen escuchar, lo que le meten por los oídos hasta transformarle
los sesos en jalea, y luego le dan más y más, mientras pueda pagarlo.
Imagino, en el cerebro, la memoria musical de la peña como una cinta de
casete, al principio hay mucho espacio, prácticamente lo único que tiene
grabado es El patio de mi casa y Cumpleaños feliz, eso es porque
todavía no saben usar los mandos de la grabadora, cuando descubran su
utilidad comenzaran a grabar en ella. Un día creerán escoger un género,
un sonido y durante un tiempo no pararan de llenar la cinta. ¿Con qué?
No tienes que calentarte mucho el coco, tú solo dales una y otra vez la
misma fórmula hasta que la aborrezcan.
No creo que el común de los mortales encuentre mucha transcendencia en
la música, más allá de un suspiro de añoranza. Y en el Rock, en el Pop y
toda su familia de ritmos bastardos menos. Mirad hacia otro lado si
queréis, pero la historia del Rock es una historia de sobornos a
pinchadiscos, pactos entre comadrejas, plagios descarados, infantilismos
y cada vez más volumen y efecto de phaser, fuzz, vocoder, autotune o lo
que toque para tapar la falta de creatividad.
¿Nunca hay nada profundo en una canción? No hablo de bajos que retumben
en tu vientre y te hagan ir al baño, pregunto si una canción puede tener
unos... valores propios, intrínsecos, que le permitan atravesar el
tiempo, permanecer, para que alguien dentro de mucho tiempo,
generaciones y generaciones después, encuentre un mensaje en ella, un
mensaje que parezca destinado exclusivamente a él. No son preguntas para
un vigilante nocturno o quizás sí; el resto de la gente no tiene
tiempo, ni interés para planteárselas. Son malas noticias nena, tendrás
que vivir con ellas, cuando yo no esté.
El primer turno aparece cinco minutos después de mi relevo. Si en algo
soy diligente es en largarme del curro. Repito el rito de arrancar
trabajosamente la moto y me vuelvo a casa.
Regreso al hogar a horas en que la gente normalmente sale a trabajar. La
noche anterior –como todas–, ha sido una noche tranquila en que he
acabado dormitando –como siempre– entre rondas en el botiquín de la
fábrica, con un sueño intranquilo, ligero, que me agota más que me
descansa, cuya única utilidad es que me ayuda a huir de mí mismo con
facilidad. Llevo un tiempo en que lo que más hago es dormir, en el
trabajo, en casa, en un banco del parque –si salgo a dar una vuelta–, en
cualquier sitio a la mínima oportunidad. Me estoy entrenando para estar
muerto. Espero que al menos eso lo sepa hacer bien.
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Madrid 2023-004 |
¿Por qué me resulta tan fácil quejarme? Debería estar contento, el día
de hoy me lo pagarán prácticamente por dormir y reflexionar sobre la
música en general y el Rock en particular. Por otra parte, es pensar el
en Rock lo que me pone triste, el Rock ha muerto, eso si realmente llegó
a estar vivo, si es que no era algo más que un Frankenstein apedazado
del Rhythm and Blues, un cadáver resucitado por la electricidad, un
zombi acelerado y a ratos colérico. ¿No crees que el Rock esté muerto?
Supongo que no lo crees, igual que en su día no lo creyeron de ella los
amantes de la Zarzuela. Ellos también se miraron unos a otros incrédulos
que aquellas músicas, aquellos cantantes, simplemente se fueran
alejando y desapareciendo tras el velo del tiempo. Pero eso pasa con
todos los géneros populares, géneros menores, alejados de la gran
música, de los cánones, las academias y las subvenciones.
Llego a casa enfurruñado, deseando tener al lado alguien al que poder
decirle que ponga el televisor y que mire todos esos programas de
talentos, los canales de vídeo clips, que escuche todas esas canciones
sobreproducidas y vea remenear el culo a todas esas bailarinas negras
que enmarcan a unos tipos que se las dan de gánsteres más que de
músicos. ¿Hay algo de nuevo ahí? La originalidad es una tara, la
sencillez una falta de gusto. Todos piden más de lo mismo. ¿Antes era
diferente? Intento refrescarme la memoria. No consigo recordarlo.
Mi casa está prácticamente vacía. Casa está mal dicho, debería decir
piso o apartamento, está en un barrio casi insalubre en la periferia de
una ciudad dormitorio, que a su vez está en el límite de la zona de
influencia de la moderna gran ciudad, que no es tan grande, ni moderna,
ni leches, como compruebas a poco que te muevas por el mundo.
No te equivoques, me gusta mi casa, tiene la colosal ventaja de que es
mía, la compré en el punto más bajo de la antepenúltima crisis que nos
azotó, con unos dinerillos que tenía apartados.
Me siento en el viejo y cómodo sofá de cuero y enciendo el televisor
intentando decidir si me voy a acostar o si intento pasar el día con lo
que he dormido en el botiquín. No tomo ninguna decisión, mientras en la
pantalla la sucesión de noticias me reafirma en mi convención de que el
ser humano es estúpido y me enfado hasta el punto de que debes alegrarte
de que no tenga un arma.
Hay un momento en que mi cerebro decide que a la mierda todo, me levanto
y comienzo a buscar en todos los rincones, en todos los bolsillos de la
ropa colgada y bajo los cojines del sofá con la infundada esperanza de
encontrar algún petardo olvidado, aunque es imposible, he repetido el
ritual cada día de la última semana, justo desde cuando se me acabó la
hierba.
Aunque no la puedo culpar en exclusiva de mi humor reconozco que tengo
un problema con la hierba. Si le preguntas a Javier –tendrás que usar un
tablero Ouija– o a Púas –creo que no podrás, su secretaría no le pasará
tu llamada– dirán que exagero; que yo no tengo ningún problema, que
ellos sí que tienen o lo han tenido con cosas que realmente causan
problemas y no la mierda esta de jipi buen rollista. Que al fin y al
cabo la hierba la puedes plantar en una maceta y que yo –todo el mundo
lo sabe–, soy un experto en el tema y nunca tengo que tratar con paquis
ni colombianos dispuestos a chuparte la sangre, real y metafóricamente.
Parches te dirá que soy tan tacaño que prefiero estar sobrio a gastarme
un pavo. Ya que surge lo voy a reconocer: algo de eso ahí. Nunca
comprenderán lo que es ser pobre, realmente pobre, que es quién no tiene
a nadie más que sí mismo en quién apoyarse.
Pero volvamos a la hierba. Siempre he reconocido que soy un drogadicto.
Es lo mejor, además la gente se acaba dando cuenta y sí se lo has dicho
antes se lo toman a broma. ¿Cómo coño vas a ser un drogota si ni fumas
tabaco? Me dicen mientras yo relleno por enésima vez mi diminuta pipa
con la hierba suficiente para dar una solitaria calada. Pues sí lo soy,
la necesito desesperadamente, la hierba me hace ser mejor persona, más
tolerante. Pero sobre todo me da esperanza; la mezcla de cafeína y THC
al levantarme me hace sentir que todo es posible todavía. Necesito esa
primera dosis tanto como el aire, como la amistad, como el sexo, más aún
cuando comienzo a preguntarme si, exceptuando el aire, tengo algo de
todo eso. Llevo tanto tiempo saliendo con Mari Jane que no soy yo sin
ella. Que no puedo recordar quién era yo sin ella. Me digo que es por
eso que he dejado extinguir mi plantación cíclica, que es por eso que no
germiné nuevos cañamones sobre algodón, como hacíamos con las lentejas
en el colegio, despinché mis focos –de la línea pinchada de los gitanos
del bajo– dejé de preocuparme con la cantidad de espectro rojo y azul
que debían recibir los tiestos y me fumé sin pensar en el mañana todas
mis reservas, hasta llegar al día de hoy en que no tengo nada de nada y
levanto los cojines del sofá periódicamente buscando olvidos.
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Madrid 2023-001 |
En un momento de enajenación llamé a teléfonos antiguos, pregunté por
ahí, me di vueltas por el barrio viejo con el único resultado que
comprender que el que está viejo soy yo, además de totalmente fuera de
onda y que todos los camellos que pude conocer han desaparecido para
siempre. Excepto Parches, pero claro, ahora es pastor evangelista y su
forma de querer solucionarme el problema no me va.
¿Soy un pelma? ¿He dejado de ponerme y pienso que eso me da derecho a
comerte el coco? Mira, si no te enrolla lo que cuento cierra el libro de
golpe –qué haga un ruido guapo: ¡plash!–, pon una mueca de desagrado en
el careto, devuélvelo a la estantería, o al agujero de bookcrossing,
entre todos los tomos sueltos de enciclopedias que nunca nadie volverá a
leer y a otra cosa. No me vas a ofender, seguro que estas páginas
apestan a humedad y fracaso.
¡Oh mierda! Podría intentar ser sincero. Vale que el cuento de dejo de
ponerme hasta la bola porque no recuerdo quién soy suena bien, no lo
suficiente para una canción pero vamos, suena; pero es mentira: siempre
he sabido que no sabía quién soy, –¿sabes tú quién eres?– La razón por
la que he dejado de fumar es porque soy un gilipollas masoquista y desde
que me duele el brazo –y cada vez me es más difícil tocar– estoy
llevando a un altar imaginario ofrendas, las pocas cosas que me quedaban
en la vida que me importaban, como sacrificios a un Dios silencioso,
para que me devuelva... algo que en realidad no he tenido nunca: mi
identidad de guitarrista. Luego critico a Parches y a sus Adventistas
del Séptimo día.
Sentado en el sofá en esta casa tan vacía y a la vez de un gusto tan
impecable, mi cabeza falta del freno de mano que ha sido la droga
durante tantos y tantos años hace conexiones inversemblantes –¿existe la
palabra?– y destapa recuerdos que no es que no supiese que estaban ahí,
sino que uno se pregunta para qué coño los guarde, a no ser que
previese una situación como esta. Ahora mismo están poniendo una
reposición en la tele y ¡qué coño! recuerdo haber visto este episodio de
Perry Mason. Sí, mierda, el abogado de la silla de ruedas, ¿lo
recuerdas? Si no es igual: abogado, silla de ruedas. Los guionistas de
la tele de los setenta eran tan horrorosos como los de ahora, te puedes
imaginar las putas mil temporadas sin mi ayuda.
El episodio, vamos a ello: el letrado conseguirá salvar a su defendido
descubriendo al auténtico culpable –súper original ¿no?–, casi todos los
episodios eran así, por eso cuando tratas con un abogado en la vida
real te decepciona tanto. La diferencia en este con el desarrollo
estándar de cualquier otro episodio es que el verdadero criminal es un
fumador de hierba. El bueno de Perry a partir de los siguientes datos:
Uno, el tipo es joven. Dos, Lleva el pelo largo. Tres, le ha encontrado
un papel de fumar, lo presiona en la sala de juicios y el tipo se
derrumba en el estrado y punto. Justicia 1, Los malos 0.
Eso pasará dentro de un rato, no he tenido paciencia para esperar a
verlo, he apagado la caja tonta y he vuelto a desconectarle el cable de
la antena. En su día cuando lo vi –hace la hostia, hablamos de Perry
Mason– me jodió cantidad esa fácil asociación entre hierba y violencia.
Realmente me indigno –ya te debes haber dado cuenta que tengo tendencia a
la indignación– que se considerase a cualquiera que se fumase un Joe un
mataviejas en potencia. Yo entonces y hasta hace unos días era un
creyente más de la ideología rasta, que identifica al fumador de ganja
con la no violencia, con la tolerancia y con las camisas fardonas de
colores. Mi lema podía haber sido: a mal karma fuma más ganja. Había
otro refrán – jodidos refranes–, una sura moral, no sé cómo nombrarlo,
pero iba de que si insultas a un bebedor te meterá una puñalada, si
insultabas a un rasta... él volvería a su casa, fumaría grifa y solo
afilaría la faca. Con el tiempo he comprendido que esto puede que sea
cierto, pero hay una tercera posibilidad que no contempla ¿qué pasa si
insultas a un fumador al que no le queda mota?
¿Quieres una respuesta? Contémplame caminando arriba y abajo del
pasillo, royendo viejas y nuevas ofensas, en un episodio de furia
difícil de comprender. Reaccionando intempestivamente a cosas que
normalmente simulo que me resbalan. No me reconoceríais. Yo tampoco
quiero hacerlo. ¿Es este mi yo real? ¿O el real es cuando el elixir
verde corre por mis venas? Posiblemente uno entre los dos. ¿En qué
punto? Cuando lo averigüe te lo diré.
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Madrid 2023-003 |
Descartado Perry Mason y por extensión la televisión, en un ataque de
masoquismo miro en la red una antigua entrevista en televisión de
Javier. El reproductor lleva un contador de las visitas que ha recibido,
es un número de cinco cifras, casi seis. Hay cientos de comentarios que
van desde lo ñoño a lo baboso, todo el mundo opina unánimemente que sin
duda Javier era un genio y meaba agua de colonia.
Javier, los ojos entrecerrados, el flequillo anárquico tapándole la
frente, tirándose el rollo de muchacho hipersensible, de artista en
ciernes. Él sin duda tuvo sus quince minutos, más que eso, dos años,
tres, los suficientes para matarlo. Los medios se enamoraron de él,
nunca ninguno le buscó las cosquillas, nadie palpó su rostro para
comprobar si era humano. El país entero le amó un tiempo, ignoró sus
desplantes, sus desapariciones, como haría una jovencita inexperta y
luego le lloró.
Exagero, hablamos de este país, hablamos de Pop Rock, la mayoría no
llegó ni a enterarse de que existía. A veces pienso que ahora que todos,
aquella generación, no podemos pretender de ninguna manera que todavía
somos jóvenes, miramos al pasado, reconstruimos nuestros iconos y
pretendemos ahora que son más de lo que fueron nunca. Ante el vacío
actual hemos girado la mirada hacia entonces, algunos buscando héroes,
otros buscando villanos. Hay de todo para escoger.
Javier en el monitor entrevistado por una joven de cabello crepado,
maquillaje fantasioso y hombreras enormes. Se oculta tras el humo de los
cigarrillos franceses que enciende y olvida entre sus dedos. Me resulta
extraño ver gente fumar en la pantalla. Le da un toque de realidad a la
filmación, es el adecuado attrezzo. Recuerdo haber visto parcialmente
en su día la entrevista, pensar que todas son, eran iguales: ¿qué has
hecho?, ¿qué haces?, ¿qué harás? Y que Javier contestaba las mentiras
que producción le había escrito para la ocasión. Solo era una
suposición, a mí nunca nadie me escribió respuestas, no llegué a ese
nivel de promoción, nunca fui el entrevistado, como máximo una cara
sonriente lateral y al fondo. Sobre todo al principio renegaba de toda
esta parte del negocio. Alardeaba de pureza sin que nadie me hiciera el
menor caso, ni intentara corromperla. Tenía ocurrencias, recuerdo decir,
afirmar, un día en el local de ensayo, con la lengua más suelta que de
costumbre por el hatchís, que yo no quería ser músico, que yo solo
quería hacer música. Recuerdo la cara de extrañeza de Púas.
–Eso es imposible Gordo, si haces música eres músico. No hay otra.
–Para ser músico, para que la peña te vea como músico hay que hacer más cosas que música.
–Cargar la furgoneta una y otra vez.
–Cargar las cosas del batera en la furgoneta, una y otra vez.
–Eso mismo y entrevistas, tirarte el rollo delante de la peña de lo guay
que eres y querer ser guay siempre es... cambiarte, darle a la gente lo
que espera y tal, eso no me va. No creo que ser guay sea más importante
que la música.
–No te preocupes por eso, tú no eres guay ni sabrías serlo.
–Me daría igual que no sea guay si no perdiese el ritmo. Y si no fuera un idiota.
Esta última opinión es de Javier, la dirige a los otros, a veces hablan
como si yo no estuviese presente. Era cierto, eran los primeros tiempos,
era muy joven y muy malo y solo estaba en el grupo por casualidad, por
casualidad y por los dos canales de 100 Watios a tubos de mi
amplificador Marshall. Lo había comprado con lo que gané recogiendo uva
en Francia, ir a la vendimia en aquel tiempo era un rito de paso de la
pubertad al mundo adulto. En serio el segundo nombre de todas las
guitarras del país debería ser Pinot Noir. Javier como que había
regresado del paraíso opiáceo, en el que sospecho ya entonces residía
todo el tiempo que podía, continuó pinchándome.
–¿Qué hay que hacer entonces Gordo? ¿Cómo consigues que la gente escuche
tu música? ¿Cómo consigues ganarte unos verdes para poder seguir
tocando?
Eran buenas preguntas, yo –todos más o menos, creo–, estábamos cegados
por algo llamado autenticidad. Se suponía que ante todo había que ser
auténtico, No me preguntes que es ser auténtico, ahora no sabría
contestarte, entonces tampoco. Tenía que ver algo con no dejarse llevar
por cantos de sirena y ser fiel a ti mismo, lo que era difícil teniendo
en cuenta que éramos niñatos y nuestras opiniones cambiaban como el
viento. Para mí tenía bastante que ver con la sinceridad y sinceridad
era algo parecido a contestar lo primero que me viniera a la cabeza.
–No lo sé. Lo que sé es que me gusta hacer música, cuando te conectas
con ella, cuando la cabalgas. ¡Vale!, mola que haya gente escuchando,
compartiéndolo, y me molaría tener un castillo y un Rolls Royce y cien
guitarras, pero lo que más mola es... ese algo que consigues entre la
música y tú mismo, creo que con eso tendría bastante.
–Dime Gordo ¿te gustan las tías? O con eso que consigues contigo mismo y tú tienes bastante.
Todos ríen, yo me pongo colorado, callo, este suele ser el final de
todas nuestras conversaciones. No hablamos demasiado. Existe la
superstición de que los componentes de un grupo están unidos por la
amistad, eso no es cierto; están unidos por la música o por la carencia
de ella, o por el ego, o por la ambición. La amistad suele ser el menor
de los motivos.
Javier en la pantalla, al fin recuerda que lleva un cigarrillo en la
mano e inhala de él, retiene el humo unos segundos en los pulmones y
expulsa una nube de humo que sé azul, tras la cual frunce los labios que
una generación quiso besar y se confiesa.
–Sé que tengo que estar agradecido a la gente que me sigue, a todos los
que están interesados por mi trabajo, pero no puedo engañaros –con
naturalidad deja de mirar a la entrevistadora y se dirige a la cámara, a
nosotros–, nunca voy a intentar agradaros, lo más importante es y será
la música. Esto es una historia entre ella y yo. Me debo a ella, es mi
gran amor.
La presentadora se derrumba fascinada ante él, tan flaco y canalla, tan
sensible, tan tramposo, reordenando las ideas de otros y escupiéndolas
con la misma facilidad con la que les juraba a los camellos que les
pagaría mañana, en cuanto pillara la pasta del próximo bolo que tenía
entre manos.
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