Quince minutos -Capitulo X- Amores imposibles
Para ya de darme codazos y guiñarme el ojo mientras haces gestos más o
menos disimulados hacia la chica que va con nosotros en el taxi. Déjate
de tonterías, prefiero no mirarla, si pudiese no oler su colonia lo
haría. Esto no es una oportunidad de nada, ¿entendido? Mejor así.
¡Por favor! Para ya, repito, deja de murmurar por lo bajo que si su
pelo, que si su sonrisa ausente. ¿Te piensas que no me he dado cuenta?
Tengo ojos en la cara. Hagamos un trato: si te callas te hablaré de una
chica, de otra. Volvamos al pasado, no es muy diferente a mi presente.
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Vilanova de Gaia 2022 001 |
En él soy un hombre estirado en dos direcciones a la vez, creo que es
algo claro, perjuro que lo que más deseo es la atención del público y a
la vez procuro mantener a la gente los más lejos posible de mí. O yo de
ellos. Soy un niño pequeño que se enfada con todo cuando no cumple con
sus expectativas. Tengo una larga lista de agravios, los más dolorosos
contra mí mismo. Soy enorme como una montaña y mi corazón es un
malvavisco, ¿quieres pruebas? Me enamoré. Te hablaré de ella, un trato
es un trato.
Teresa es larga como una caña y cuando la conocí tenía la mirada
brillante y siempre parecía tener motivos para sonreír. Decir que la
conocí quizás sea decir demasiado, implica una confianza que nunca tuve,
yo con ella; al revés quizá sí.
Ella, que más podría decirte… Teresa vivía intensamente su vida, tan
intensamente que su luz nos dejaba a los otros en la sombra, No, esto
suena a Jota y además es mentira, exagerado. Me enamoré perdida y
desesperadamente, como no podía ser de otra forma. Sí, esto es verdad,
aunque suene poco original.
Teresa estaba en un grupo, bailaba y cantaba a su manera, como la
mayoría de la peña en ese momento, un momento en que era más importante
la desfachatez que la técnica. Seguir sus idas y venidas, sus vestidos,
sus tragedias y alegrías acabaron, siendo parte tan importante de mi
vida como el comer. Cuando quedó atrapada en la órbita de Javier o él en
la de ella fue doloroso. Tanto que pensé en largarme, en volverme a esa
ciudad que nunca consideré como mía. Pero un empleo era un empleo, el
dinero era, es, importante y una salida dramática de escena no lo es si
nadie está mirando.
Los cronistas de la época juraban que aquella generación era muy
desprendida, que no daba valor al dinero. Puede que yo apareciera por
allí demasiado tarde, pero nunca lo viví así. Otra leyenda de entonces
es que todos eran gente muy humilde y tal; ¿humildes comparados con
quién? Yo a todos los veía como niñatos que no habían tenido que escoger
entre el paraguas familiar y la guitarra, en general tipos con una
fachada, que llamaban imagen, apuntalada por la seguridad que en el peor
de los casos alguien les enchufaría en el Corte Inglés. Para mí un
tendero no tenía nada de humilde, era alguien con un negocio, con una
relativa independencia, alguien que dependía más de sí mismo que de la
benevolencia de un empleador. Lo cierto es que lo que yo conocí fue una
microsociedad en la cual lo que realmente importaba era tener un
contrato discográfico.
Lo de la explosión de creatividad vamos a dejarlo, asumí como propias
las teorías de Baltazar, sobre todo la parte de que los artistas siempre
están ahí y es la sociedad quién los ensalza o los ignora dependiendo
de sus elefantiásicos procesos metabólicos, procesos que ahora
ensalzaban postulados estrafalarios como rechazo frontal a los tiempos
oscuros que acababa de vivir.
Lo que digo, por si no ha quedado bastante claro, es que aquella
generación, la mía, aunque me pese, no tenía nada de especial, como
nunca lo ha tenido ninguna. La juventud, una juventud sana, tienen que
rechazar o al menos cuestionar los planteamientos, las certezas de la
anterior, en la búsqueda de nuevas respuestas. No es excepcional que
estas respuestas sean toleradas, asumidas por la clerecía, para ser
fagocitadas y exhibidas como muestras de la vitalidad de la sociedad
misma. Tampoco lo es que una generación se inmole en el altar del
aburrimiento o sea inmolada en el del progreso. La mía lo hizo. ¿Sus
motivos? Nunca pude entenderlos.
¿De que estábamos hablando antes de que me pusiera profundo e idiota?
¡Ah, sí!, de Teresa que es larga como una caña y de pechos casi
inexistentes. A veces su mirada se nublaba, fenómeno que yo creía hijo
de una vida interior, de un concierto emocional intenso. En su locura
ella es serena. A sus veintiún años tiene la convicción de que todo es
posible todavía, inclusive el volver atrás, el empezar de nuevo, el
curar las heridas del alma. ¿Por qué tendría que dudarlo? Durante toda
su vida todo al final ha vuelto a su cauce, el sol siempre ha vuelto
salir por la mañana, cuando resbala extiende una mano y alguien la
sujeta. Yo mismo le busco un taxi a cambio de una sonrisa.
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Tras la ventana. Vilanova de Gaia 2022 002 |
– Gordo, deja de poner cara de imbécil y espabila.
Jota está cada día más seguro de su importancia, el disco funciona mejor
de lo que hasta la compañía esperaba. La lista de conciertos firmados
es inacabable. Hasta el último pueblucho, perdido en medio de la estepa,
lo quiere para la fiesta mayor. ¿No te suena bien? ¿Solo quieres tocar
en Manhattan? Eso es porque nunca has visto, oído, a quinientos, mil
labriegos, ocupando el campo de fútbol –nada de hierba, tierra– gritando
que sí, que ellos también son jóvenes, que también están confusos, que
también piensan que la única solución es el amor y en su defecto drogas,
muchas drogas. Esta es la parte en que las autoridades suelen mirar
hacia otro lado, porque en esta época la música es un negocio
institucional, son los ayuntamientos los grandes promotores y los piques
entre unos y otros se suceden. Y si tu consistorio no se puede permitir
a los Radio o a Metaling puedes probar con Jota, es artístico, es
moderno, es rompedor, un martillo de suave acero inoxidable. Gusta a las
tías y a los tíos. Es un poco raro, pero eso mola. Parece molarle a
todo el mundo, menos a mí.
Javier me quiere, chiquillería, me quiere a sus pies. Su lista de
agravios –sí, sé que él también la tiene– contra mí ha crecido y su
carácter no le permite olvidarlos, menos ahora que su posición le
permite restregarme su desprecio por la cara impunemente. Que no
gratuitamente, porque, aunque me esté obligando a bruñirle las guitarras
y a poco menos que limpiarle los zapatos, gano una cantidad que me
parece escandalosa por abrir y cerrar puertas a su paso durante toda la
gira, además de alternativamente espantar o buscar camellos. Es un buen
empleo que además me permite seguir silenciosamente, de lejos, a Teresa y
adorarla durante el día y llorarla por las noches, todo en un verano
que empieza muy pronto y termina muy tarde, siempre moviendo pesos y
retorciéndome sobre o bajo andamios, notando día a día como mi cuerpo
crece en todas direcciones y mis manos se hacen más anchas haciendo que
los dedos parezcan más cortos y gruesos, hasta que parece un milagro que
haya sitio para ellos en el diapasón, entre los trastes, sin estorbarse
unos a otros y tengo que hacer de defecto virtud e ingeniarme toques
nuevos llenos de muteos.
–¡Eh! Eso mola. Repítelo.
Y hago caso a Bum Bum y atacamos de nuevo la progresión, que cada vez
tiene menos astillas y salientes, hasta que solo es un esqueleto sobre
el que el timbre del trío casi clandestino que hemos formado junto a Bam
Bam toma personalidad según quiere dejar de parecerse a nada en
particular y solo es él mismo.
–¿Qué mierda estáis haciendo? Guardar la energía para la noche. Esa
guitarra es mía Límpiala, guárdala, no olvides para qué estás aquí.
No contesto, no obedezco. Creo que eso le enfurece más aún. No soy rival
para Javier en la esgrima verbal, aunque él no fuera la estrella y yo
parte del staff, no se puede ganar una discusión con alguien que no
escucha. Pero he ido amontonando grandes cantidades de indiferencia en
mi rostro y he afilado mi mirada hasta que consigo atravesar su rostro
si me lo propongo mínimamente. Por eso es que me gira las espaldas y
desaparece refunfuñando, el jueguecito no le ha salido bien por ahora.
Ya encontrará el momento de humillarme, de reducirme a mi nivel, no lo
duda, solo tiene que esperar. Esperar es lo que más hace, él y toda esta
troupe inestable, que se junta para disparar una ráfaga de dos o tres
conciertos, se disgrega y para cuando se vuelve a juntar todos están más
pálidos, más delgados, más desesperados y dispuestos en continuar con
su carrera hacia ningún sitio.
Las multinacionales, los grandes pesos pesados de esta industria
diminuta y esclavizante creen conseguir al fin mapear totalmente el
público, predecir lo que será su gusto. De este y de el que en un futuro
próximo verá crecer su poder adquisitivo. Un público que confirman
insatisfecho con recetas pasadas, pero al que creen poder satisfacer más
refinando las actuales y es por eso que cien tipos muy cualificados
hacen empaquetar en rodajas de vinilo las adecuadas cantidades de
colorines, peinados, imperdibles, cuero negro y Pop Art, determinados a
avanzarse a la maduración de su paladar. El augur ya no pincha maquetas
en la madrugada enviando la buena nueva del rock a un público diminuto
de creyentes, las ondas son conquistadas por nuevas producciones, listas
para el consumo y ese es el momento del reconocimiento y del comienzo
de la desaparición de la singularidad.
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Vilanova de Gaia 2022 003 |
Estoy convencido de ello mientras fumo mi enésimo petardo de la era de
Acuario y miro a la gente bailar. Porque la juventud baila, aunque yo no
lo hago, yo aparco mi cuerpo en la barra de los templos de la
modernidad, hasta que llega el momento de pedir taxis, recoger rezagados
o simular entrevistar camellos por cuenta ajena. Porque todos creen que
Gordo visita antros y áticos, espera en esquinas y terrazas y se junta
con grupos que caminan por las calles, a la búsqueda de un profeta del
analgésico que apaivagara el dolor propio y
el conocimiento del dolor ajeno, un profeta que pondrá en el camino de
la tribu y cuando regresa al hotel de la ciudad desconocida donde todos
le esperan goza de una popularidad que le asquea y de unas comisiones
que no tanto.
Porque vuelvo a ser famoso, mi diminuto público está entregado a mí,
continuamente pendiente un rincón de sus mentes de mis idas y venidas,
su mirada buscando mi llegada en el horizonte y yo cuento billetes
verdes y los amo y los desprecio alternativamente, igual que lo hago
conmigo mismo.
Pega un vistazo a mi libreta de entonces, no es tan diferente a la de
ahora, grupos de tres o cuatro versos coronados por las abreviaturas de
los acordes, fórmulas de la química del sonido, tachados, reordenados,
olvidados, denigrados en una página y recuperados tres páginas después.
Así una y otra vez. Al final todos contando la misma historia: no he
aprendido nada, nunca aprenderé nada. Quizá la letra es menos homogénea,
aquí más redondeada, allí picuda, debe reflejar mis estados de ánimo o
solo el avanzar a través de una época llena de nocturnidad y luces de
colores, humo y vasos largos, prisas y sueños intranquilos.
Unos tipos a la salida de un concierto se enzarzan con la troupe en una
pelea, lanzan golpes e insultos, nos llaman niños bonitos. Más tarde en
el hotel mientras curo mi rostro del golpe de una botella, lanzada con
más suerte que pericia, observo el aspecto de cuero viejo de mi piel,
las profundas marcas del acné que como cráteres viejos que resiguen mi
cara. Niño bonito que expresión más cruel.
Baltazar me estrecha la mano y se despide, ha vendido el contrato a un
tiburón más grande, uno que intenta que Javier aprenda inglés, que viaje
a Miami, cosas que me parecen ya imposibles para él, atrapado en el maelstrom
que él mismo ha creado y que le succiona junto a todo y a todos.
También a Teresa, esbelta como una caña, que ya no parece distinguir el
mundo de los sueños, sus sueños, de los sueños de Javier, y gira y gira,
mientras espera que, de alguna manera, todo se arregle, todo termine,
que alguien se ocupe.
Despierto sin saber que estaba dormido, que esta eterna, sincopada gira,
este caos sin sueño, sin horarios, me había reducido a un duermevela
frenético en que no distinguía lo que era real y lo que no, lo que es
importante y lo que solo lo parece.
Despierto sobre un escenario pequeño, con la sensación de estar
levitando dos dedos sobre él. No preguntes como, ha sido todo
improvisado, no recuerdo, o no quiero recordar que todo ha comenzado
como una broma, hasta que la gente se lo ha tomado en serio. Bum Bum,
Bam Bam y yo estamos cortando la pana en el Sosiego, surfeando una ola
que sube y sube y no llega a romper. Y no a base de jodido volumen, ni
atletismo digital, solo un poco de pop poderoso, pop sentido, pop en
estado puro. La gente salta y se pregunta de donde hemos salido. Los
enterados apuran sus bebidas antes de informar a quién quiera
escucharlos que el batera y el bajo son los tipos que van con Jota, el
artista, el poeta. Pero el gordo, feo como un pecado, grande como un
iceberg, dentro de un traje a rallas y la guitarra que gruñe espesa y
malcarada, ¿de dónde ha salido?
En el Sosiego hay el doble de personas que aforo y el Gordo les grita
que ha salido a buscar pelea porque se ha cansado Du, du, ¡Duá! de
llorar por la chica, que no volvió a llamar. Toca sin púa y utiliza
mucho el pulgar, el dedo Gooooordo, para remarcar los tiempos, para
bordonear cortos riffs, melodías que no saben si tomarse en serio a sí
mismas. Los solos casi no tienen punteos, son progresiones llenas de
acordes de quinta y séptima como si la tonada original se quejara,
perdiera la esperanza y la volviera a recobrar. Las canciones son cortas
y no hay descanso entre una y otra. Solo tienen siete temas, pero toman
prestados siete u ocho más, Gloria Gaynor, Antonio Molina, Pau Casals,
Beatles, Bowie...y hacen explotar el local durante cuarenta minutos y
luego salen del escenario y se funden con el público que aplaude
incansable y luego los olvida. Durante el penúltimo tema la chica
delgada entra colgando del brazo de la estrella y agita el brazo hacia
el escenario, antes de desaparecer entre la corte de admiradores de
Jota. Estrella ya no es un epíteto humorístico, Javier ya no es solo el
que querrían habitual de los programas de tendencias y culturales
avant—garde, ha asaltado el prime time y
ejecuta play backs en las sobremesas de los sábados, depositando un
barniz de seriedad en estos. Eres una estrella cuando el público se
conforma con verte mover los labios y quizá dar un pequeño golpe de
cadera para ser feliz.
–Brutal, Gordo –sentencia.
Javier y yo tenemos un nuevo status quo. No
le molesta que cante a la chica de los ojos grandes, ni que me enrolle
con Bum Bum y Bam Bam, porque creo que ya nos ve como pasado y piensa
que al fin va a poder deshacerse de todos nosotros, que Jota por fin va a
poder dejar atrás el cascarón de Javier, extender las alas y volar aún
más lejos. Mientras llega ese momento sabe que me debe respeto y aunque
no quiera pagarme, debe simularlo frente al resto de la corte, porque a
mí se me debe permitir todo, no solo por todas mis gestiones delante de
los proveedores de tranquilidad química y mis desvelos porque todo
funcione y todo esté enchufado cuando empiece el sarao, sino porque ya
son demasiadas las veces en que mi macizo cuerpo ha sido un muro delante
del desastre. Es por ello que poseo una bula, papal, celestial,
estratosférica, expedida en persona por la estrella –que es la luz que
nos guía, nuestra Luzbella personal– y rubricada por la cicatriz, una
más, que luzco en el lado derecho de la barbilla, adquirida hace poco
más de tres semanas, cuando todavía coleaba este verano eterno y tocamos
–ellos tocaron, yo descargué furgonetas y me ocupé de las cien tareas
invisibles que son mi oficio–, en el embrión de lo que con el tiempo
puede ser un festival y en ese momento solo eran tres grupos tocando en
el cine de verano de un pueblo turístico.
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Vilanova de Gaia 2022 004 |
Descargamos decibelios rítmicos sobre jóvenes desesperados por quemar el
verano. No hay cabeza de cartel, nos jugamos, se juegan, el orden para
pisar las tablas y la noche brilla con las luces y los destellos del
éxito. Un éxito, el público quiere que lo sea, tanto como el
Ayuntamiento como promotor, hasta el servicio de limpieza municipal, que
empezó quejándose, ya cuenta y gasta por anticipado las horas extras de
esta noche cálida.
Todos somos jóvenes y no nos resignamos a que la noche acaba y muchos, público, músicos, staff,
acabamos en lo que teóricamente es una pizzería y en la práctica es el
bar que más tarde cierra porque es el que más pronto abre.
Soy de los últimos en llegar, he tenido que desmontar, poner a buen
recaudo el material, los instrumentos, las herramientas del conjunto.
Este espacio de tiempo me dan un punto de vista más distanciado sobre el
ambiente, sobre la fiesta con la que me encuentro cuando el cielo
empieza a amenazar con clarear. La fiesta está muy acelerada mucho, es
lo que me dice Puás, con el que me cruzo en la puerta.
–La cosa está demasiado caliente, me piro.
Nunca intercambiamos más de una frase y casi siempre es él el primero en
decirla, aun así… en realidad no es que haya mal rollo, simplemente
parece no haber nada, hasta bromeamos un poco si hay gente delante,
tácitamente hemos decidido no parecer gilipollas y parece que lo estamos
consiguiendo. Al poco de mi entrada la situación se caldea uno o dos
grados más y no por mi sex appeal. Javier
discute, aunque es imposible escuchar lo que está diciendo y en realidad
no importa, con el guitarrista de una de las bandas, un combo de
vaqueros eléctricos con los cuales estamos condenados a enfrentarnos. El show business
no es un sitio de grandes amistades y todas las sonrisas son falsas.
Tan falsas como la que dibuja en su rostro el gran Jota antes de decir
algo –solo con un lado de la boca–, algo que parece acabar con una
discusión y empezar otra cosa. Veo como una chica de ojos grandes
intenta sujetar, retener, a un muchacho que lleva demasiado tiempo
cantando canciones de forajidos en la frontera y puede que haya acabado
creyéndose uno de ellos. Y Javier, Javier no conoce oposición ni freno
de nadie que no sea él mismo. La chica de los ojos grandes mira
alrededor buscando auxilio y descubre que la ayuda que recibe no es la
que esperaba, no encuentra una muralla para separar a los contendientes,
sino a descerebrados que deciden que una buena tunda es la mejor manera
de acabar un día tan fantástico y en un segundo se lía una de aúpa. El
Caso. Cosas que vuelan. Tipos que se pegan. Gente que pierde el
equilibrio al resbalar sobre las bebidas derramadas. Un idiota echa
hacia atrás el brazo con la pretensión de lanzar un puñetazo
terrorífico, fulminante y lo que consigue es romperle la boca con el
codo a la chica que está detrás suyo...
Estoy en la entrada, no tengo ninguna intención de unirme a la bacanal.
El espectáculo desde mi altura se ve bastante ridículo, nada de la
cuidada coreografía de las películas, solo un caos estúpido. Pero Teresa
sale del lavabo allí al fondo e inmediatamente resbala y cae de culo
–un culo sobre el que se podría escribir una canción–, me sube una
sonrisa a la cara que desaparece en cuanto veo su mueca de dolor y como
se sujeta la muñeca izquierda. Me inclino y salgo hacia adelante sin
pensar en nada que no sea ayudarla. Cojo velocidad y por un milagro no
resbalo en ningún charco. Soy el Gordo, un bloque denso de enfado y
codos afilados que se abre paso entre el zafarrancho como... como un
tipo grande, cabreado, chocando contra chavales que donde más abultan es
en su puto peinado. El gran Jota y el bandolero intentan zurrarse con
muy poca traza en medio de la sala, son estrellas no gustan de los
rincones. Ojos Grandes ha ido a parar contra la barra y lo mira todo con
desconcierto. El pincha enloquece y sube el volumen de la música hasta
que es atronador. Reconozco la canción, habla de un tipo miserable que
baja de las montañas buscando alcohol, pelea y amor, no necesariamente
en este orden. Es un tema de los vaqueros eléctricos. El Dj tiene un
humor retorcido. Estoy pasando junto a Ojos Grandes cuando una botella
sale de ningún sitio y estalla justo a su lado contra la barra y la
cubre de Cuatro Rosas. Se pone a chillar cuando le comienzan a escocer
en sus ojos y en pequeños cortes en sus brazos desnudos. Yo sin pensar
la pillo de la cintura y me la llevo conmigo. El alcohol la ha cegado,
tiene las manos abiertas congeladas en el gesto de llevárselas a la
cara, duda si no será peor frotarse los ojos o no. Huele a Bourbon y
azahar, me pesa menos que una pluma. Llego a la altura de Teresa e
intento levantarla abrazándola desde atrás con mi brazo libre por debajo
de las axilas, se pone tensa por un segundo hasta que me reconoce.
–¡Vamos, vamos! ¡Fuera! ¡Ahora! –digo sin saber si me escucha.
–¿Javier! ¡Javier! –contesta ella.
–Javier se las apaña bien.
–¡No!
–¡Fuera! Volveré a buscarlo.
La convenzo, cuando se levanta, la levanto, da un grito de dolor. Su
brazo no tiene buen aspecto. Mi objetivo es una puerta al fondo, puede
dar a la parte trasera del local o un almacén, no me importa. Solo
quiero sacar de en medio a las dos chicas. Es un almacén, de propina al
fondo hay otra puerta que da a la playa o casi. También hay un tipo, un
adulto inequívoco, con un teléfono en la mano.
–¡Mierda!
Va a decirnos algo más, pero le echa un ojo al brazo de Teresa y a Cara
de Ojos Grandes y continua con la conversación telefónica.
–Y envíe una ambulancia ya puestos, hay una, dos, chicas heridas.
–Con su permiso.
Cojo y abro un botellín de agua y vacío la mitad sobre la Cara de Ojos
Grandes, noto su alivio, la ayudo a sentarse sobre una caja de refrescos
y salgo del almacén.
–Ahora vuelvo.
La pelea ya pasó su mejor momento, pelear es cansado, la mitad de la
peña no recuerda cómo se metió en la movida. Yo ni entonces ni ahora
tengo ganas de participar en ella. ¿Qué hago aquí ahora? ¿Intentar
impresionar a una chica salvándole el culo a su novio? ¿Con qué fin?
Luego recuerdo que mi empleo cuelga de él, ¿qué hago? Tengo una idea.
Pillo el extintor, junto a la puerta en la pared, y me pongo a regar a
diestro y siniestro a todo el mundo con un polvo a presión blanco. Eso y
el aullido en la lejanía de una sirena tiene un efecto mágico.
Simultáneamente, todo el mundo, decide que ya es bastante y desaparecen
en todas direcciones, solo permanecen unos cuantos fieles al espíritu de
la bronca. Javier y el bandolero se tiran desmayados golpes el uno al
otro sin demasiada efectividad. Trinco a Javier del cuello de la camisa y
me lo llevo a peso sin hacer caso de sus manotazos al almacén. Bum Bum
se nos une. Bam Bam ha desaparecido.
–Largaos por detrás, a la playa, en silencio, antes de que llegue la pasma.
–¡Mataré a ese idiota! –asegura Javier.
–Tú no matarás a nadie, llevarás a las chicas a la Casa de Socorro. ¡Ahora!
–¡Cállate! ¿Quién coño te piensas para…
No llega a decir nada más. Descubre a dos chicas terriblemente hermosas
–pese a estar hechas un desastre o quizás por eso– que le están
observando, no parecen tener muy buenas intenciones. No se conocen de
nada, pero parece que se pueden ponerse fácilmente de acuerdo para
sacarle los ojos. Es inteligente, se rinde.
–Vale, vámonos.
Justo antes de salir por la puerta Cara de Ojos Grandes se gira e
intenta quitarse algo de maquillaje de los ojos, renuncia, me sonríe y
en dos pasitos se planta frente a mí, me da un beso en los labios, se me
para el corazón.
–Nos hemos visto por Madrid, ¿no?
Luego se da la vuelta y me lanza un último saludo antes de desaparecer
por la puerta de la playa, por donde entra Bam Bam con un porro en la
boca.
– Gordo, siempre supe que eras un Superhéroe. Ahora resulta que también eres un Don Juan. ¡La Pucha!